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Cultura Internacional Opinión

¿A qué hemos venido?

David Rodas Martín

15 de julio, 2020

El Emperador está desnudo mientras el Imperio arde. George Floyd, asesinado, y, junto a la riada incesante de marchas y algaradas, la última foto viral en redes sociales es la imagen de Donald J. Trump desnudo, recibiendo un tratamiento de rayos UVA-naranjados. 

El Emperador está desnudo. El rey de España trastabilla. Pierde prendas de ropa a cada paso que da: herencias en Suiza inesperadas e injustificadas, mensajes vacíos bajo el ruido de cacerolas (hace ahora dos meses, en los barrios donde sonaron aquella vez, ya no suenan), una política de comunicación pésima (nobles que regalan aceite y leche, fotos familiares convertidas en mofa).

El Emperador está desnudo. La UE se sabe desnuda. Busca arroparse después de una década tirando prendas por la borda. Plan de reconstrucción ambicioso, quizá insuficiente, que está por concretarse en, previsiblemente, tensos Consejos Europeos. 

El Emperador está desnudo. Liberales se desnudan ante el tótem sonriente de Keynes; socialdemócratas se sorprenden ante un espejo, reflejo de su desnudez, que les recuerda que el gasto no es Satán; conservadores, de ropajes arrebatados por los neofascismos, buscan refugio en su vena democristiana: “si hay que gastar algo por los más débiles…”; la izquierda, penitente desnuda o mártir en porreta, se olvida de los sueños de Ocuppy Wall Street, del 15M o de Syriza, al calor de un Keynes desvencijado que, algo es algo, da para comer; la extrema derecha neofascista, jauría caníbal desnuda, al compás del Emperador, olvida su desnudez y embiste. Les vale el caos: ¡Que arda Roma!, lira en mano. No han venido a estudiar. 

El Emperador está desnudo. Oriente (comandado bajo la unión continental Rusia-China: la isla continental de MacKinder que controlaría el mundo) sonríe, es el principal productor textil del mundo, aunque se le hayan visto las costuras. Han observado, aprendido. San Pedro mendicante -soplan aires franciscanos en el Vaticano-, aun sin ropa, comprende y toma el pulso geopolítico del mundo: catolicismo en expansión en China e intento de frenar a los evangélicos en Latinoamérica. Entre textos de Confucio, epístolas, tratados de geopolítica y mapas, mapas y mapas: estudian. 

El Emperador está desnudo. El parlamento español aprueba la sexta y última prórroga del Estado de alarma: medida para contener la pandemia. Gritos y tensión en el ruedo ibérico: ecos de las derechas latinoamericanas radicalizadas, y un gobierno de izquierdas (socialistas y poscomunistas) débil, que resiste. El Gobierno, desnudo, se camufla tras un presidente barnizado. En un país parlamentario de tendencia presidencial, el barniz del presidente es el barniz del gobierno. Un desnudo barnizado es más que un desnudo. La oposición, desnuda, embiste. Sus procedencias son múltiples: desde el independentismo catalán irredento hasta el neofranquismo, pasando por la tradición conservadora. Tampoco están por pararse a estudiar. 

El Emperador está desnudo. El viento, cambiante, puede hacer que las llamas que asolan el Imperio salten aquí y allá. En cueros, el fuego es inmisericorde. Por eso, conviene recordarlo: para saber hacia dónde sopla el viento, para evitar arder, aquí hemos venido a estudiar. Simular y disimular; dudar o decidir.

Algo que rima con esto, pero a la vez en otro mundo, en otro tiempo que nos es ajeno, nos narra Enric Juliana en su obra Aquí no hem vingut a estudiar (Arpa, 2020). Sobre tensiones, diagnósticos, engranajes y política en la España de la Cárcel de Burgos, el penal más duro de la dictadura franquista, desde cuyas ventanas, la geopolítica se sintetizaba en buscar a Gagarin en el firmamento. Sirva esta crónica política para validar la tesis de la obra: “La dificultad de captar los cambios cuando empiezan a manifestarse. Eso pasó en el año 1946. Eso pasó en el año 1962. Eso vuelve a pasar ahora”. 

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