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Cultura Opinión Temas sociales Trending

Una canción para el futuro

Pablo Cerezo

¿Cuándo nos dimos cuenta de que habíamos perdido el futuro? ¿En qué instante uno mira hacia delante y se sorprende porque aquel horizonte que le habían prometido no existe? ¿Es acaso un momento puntual o un proceso lento y paulatino?

La canción No, producida por el músico chileno-estadounidense Nicolas Jaar, trata de responder a esas preguntas. Es un tema electrónico, sencillo, casi minimalista. Y quizás por todo ello desgarrador. En él, una voz quejumbrosa relata en escasos versos cómo su vecino va a verle «lleno de desilusión» y es entonces cuando el cantante se ve a sí mismo «en veinte años / y nada cambia / no nada cambia». Es en ese «nada cambia» donde resuena, lejano pero constante, el eco de toda una generación expulsada de la estabilidad del mundo.

Estamos ante una de las mejores canciones protesta de la década. Lo es porque en escasas líneas consigue construir un relato que nos es demasiado familiar; un relato de precariedad, inseguridad y enfermedades mentales. Y entre esos versos que resuenan con cadencia, se pueden leer las grandes pulsiones de nuestra generación: angustia y desarraigo ante un horizonte que parece que nos han arrebatado.

«No hay que ver el futuro / Para saber lo que va a pasar», canta Nicolas Jaar, y ese llanto lo alberga todo. Las causas son de sobra conocidas: contratos temporales, sueldos bajos, escasas perspectivas de emancipación y la evidencia de que seremos la primera generación que vivirá peor que sus padres. Pero también el consumismo que nos vacía y que recorre todos los aspectos de nuestra vida, la crisis climática y, por qué no decirlo, esta maldita pandemia que tiene nuestra salud mental al borde del precipicio.

La gran pregunta es, por tanto, cómo salir de ahí, cómo levantar la mirada. Puede resultar paradójico, pero la única manera de despegar de este lodazal presente es comenzar a imaginar el futuro. Asumir que sí hay alternativas, que se pueden y deben volver a trazar utopías comunes. Y que, aunque esa conversación por el futuro será larga, difícil e intensa, es la única opción. Porque quizás Nicolas Jaar se equivoque y sí hay alternativa. El futuro está todavía abierto.

Una clave importante, sin embargo, será construir en positivo, pues no basta con negar el presente, habrá que afirmar el futuro. No es suficiente con rechazar la precariedad, queremos liberar nuestro tiempo para disfrutar de los nuestros. No basta con reclamar acceso a la salud mental, queremos también librarnos de todo aquello que nos ha traído hasta aquí. No será suficiente con denunciar el gris presente, habrá que ilusionar, construir en positivo, señalar que el cambio es posible.

Para ser justos, lo cierto es que la canción de Jaar no habla sobre el sentido de desarraigo y angustia que siente nuestra generación. O al menos no solo sobre eso. La verdad es que el músico compuso la canción tiempo después de visitar Chile. En el tema, el autor reflexiona sobre el referéndum de 1988, en el que se preguntaba a la población chilena si quería o no que Pinochet siguiera en el poder. Lo que a Nicolas Jaar le fascinó, tal y como declaró en una entrevista en la revista Pitchfork, es cómo la población chilena había conseguido hacer de un «no» un mensaje tan positivo. Nuestro reto presente es bastante similar.Una última reflexión: la canción de Nicolas Jaar es tan buena porque uno no esperaría encontrarse con una canción protesta en un tema de música electrónica. Al igual que cualquier otra forma ideológica, funciona mejor cuando aparenta no serlo, cuando se presenta como natural, puro sentido común. Por tanto, a los que aceptan el orden de las cosas como algo natural, que escuchen a Nicolas Jaar. Y a todos aquellos que nos quieran negar el futuro, les diremos «no», una y mil veces.

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