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Cultura Internacional Temas sociales

El dilema de nuestros datos

“Hay dos industrias que llaman a sus clientes usuarios: la de las drogas ilegales y la del software”– El dilema de las redes.

Jimena de Diego

Está claro que las redes sociales enganchan, pero ¿por qué? ¿Qué es lo que nos hace estar pegados a nuestros móviles? ¿Por qué nos produce tanta felicidad tener notificaciones nuevas? ¿Cómo funcionan los algoritmos? La película El dilema de las redes (The Social Dilemma en inglés) trata de responder a estas preguntas de la forma más sencilla posible. Aunque ya se había estrenado en el festival de Sundance el pasado mes de febrero, aterrizó en Netflix en septiembre, convirtiéndose rápido en trending topic en todo el mundo.

El documental intercala entrevistas a académicos y exejecutivos de algunas de las compañías más grandes de Silicon Valley con escenas dramatizadas, que ayudan a apoyar las teorías sobre la capacidad de manipulación de emociones y comportamientos de las redes sociales. Todos sabemos que las redes pueden ser utilizadas de forma constructiva, pero el filme hace hincapié en los impactos negativos y deja entrever que las redes sociales no son el problema, sino que el problema está en el uso que los seres humanos hacemos de ellas. Una de las personas entrevistadas respalda esta teoría, afirmando que el botón de “me gusta” de Facebook se diseñó “para que el mundo fuese un lugar más feliz”. ¿Quién hubiese dicho hace veinte años que la existencia— o ausencia—de los ‘me gusta’ podría desencadenar problemas psicológicos o contribuir a la legitimación de todo tipo de teorías conspiratorias?

Parémonos a pensarlo: ¿cuántas veces nos hemos fiado de una información de Twitter solo porque tenía muchas interacciones? ¿Cuántas veces hemos hecho caso a un vídeo de YouTube solo porque miles de personas lo habían visualizado antes? Es evidente que una de las formas más fáciles de ganar en credibilidad hoy en día es mediante los likes, algo que favorece enormemente a las conocidas fake news.

Las noticias falsas son extremadamente fáciles de crear y aún más fáciles de difundir gracias a la instantaneidad de las redes sociales, donde los retweets y los ‘me gusta’ de los usuarios se encargan de darles autenticidad. Las plataformas que se dedican al fact-checking están emergiendo como nuestra ‘salvación’ en medio del caos informativo, pero también generan una irónica situación: ¿quién ‘chequea’ la información del fact-checker?

Lo peor de las noticias falsas, sin duda, es que todos somos susceptibles de caer en ellas. ¿Cuántos de nosotros cogemos el móvil nada más despertarnos y nos enteramos de la última hora a través de Twitter, Facebook o incluso Instagram? ¿Cómo sabemos que lo que estamos leyendo es cierto? Antes, eran los medios de comunicación los que se encargaban de mantener informados a los ciudadanos de los sucesos del día. Ahora, la comunicación ya no es unilateral: hemos pasado a de ser receptores de información a participar, de forma más o menos activa, en la creación de contenido.

Twitter es el ejemplo perfecto: sus usuarios nos ofrecen otra visión de los hechos que los medios no muestran, de primera mano y sin filtro. Sin embargo, muchas veces ignoramos que la capacidad de informar viene de la mano con desinformar. Con un smartphone y cientos de aplicaciones gratuitas a nuestra disposición para retocar textos, fotografías o vídeos, cualquier persona puede contribuir a la desinformación desde el salón de su propia casa.

En este contexto, tampoco es de extrañar que las conspiraciones triunfen. El colectivo antivacunas o la comunidad ‘terraplanista’ suelen suscitar la misma duda entre los ciudadanos: teniendo acceso hoy en día a todo tipo de información gratuita ¿cómo es posible que todavía haya personas que crean en cuestiones que son evidentemente erróneas? El dilema de las redes lo explica en una sola frase: “si no pagas por el producto, el producto eres tú.” Aunque las redes sociales son gratis, cada vez que nos abrimos un perfil nuevo estamos ofreciendo miles de datos nuestros a cambio. Si manifestamos el mínimo interés en una teoría conspiratoria, sea del tipo que sea, el algoritmo de la red tratará de recomendarnos contenido similar y nos acercará a otros usuarios con los mismos intereses, introduciéndonos poco a poco en una comunidad virtual que comparte creencias y valores, pudiendo cambiar por completo la percepción de la realidad que teníamos en un principio.

¿Cuántos miles de bulos sobre la Covid-19 han circulado por las redes estos meses? Desde métodos de dudosa efectividad para protegerse de la enfermedad, hasta teorías sobre su posible nacimiento en un laboratorio como táctica para distraer a la población mundial de otros problemas más grandes, las fake news en torno a la pandemia no han dejado de sucederse desde principios de año.

Pero las redes no solo sirven para alimentar especulaciones, sino que también contribuyen a la polarización política y la movilización social, por ejemplo, en el caso de Myanmar. El documental explica que, en el país, los ciudadanos utilizan los términos ‘Facebook’ e ‘Internet’ indistintamente, ya que al adquirir un móvil nuevo, el propio personal de la tienda se encarga de instalar la aplicación, convirtiéndola en la vía más fácil y rápida de informarse. Esto ha acabado derivando en una nueva forma de manipular a la opinión pública y a incitar la violencia hacia el pueblo Rohingya, con crímenes contra la humanidad de todo tipo que han provocado el éxodo de más de 700.000 refugiados desde 2015.

Hay quienes pueden empezar a pensar que la solución está en condenar las redes sociales, pero la realidad es otra: vivir como seres analógicos en un mundo cada vez más digitalizado es prácticamente imposible. Si tenemos en cuenta que la aparición del 5G podría acelerar la generalización del conocido “Internet de las cosas” o la creación de ciudades inteligentes e hiperconectadas, convertirnos en negacionistas tecnológicos no nos va a beneficiar en absoluto. Además, no podemos olvidar de todos los aspectos buenos que nos ofrecen las nuevas tecnologías: poder hablar con cualquier amigo en cuestión de segundos, reencontrarnos con familiares, conocer gente de todo el mundo con nuestros hobbies e intereses, facilitar la búsqueda de trabajo, de donantes de órganos o recaudar fondos para una buena causa, entre muchas cosas más.

Entonces, ¿qué es lo que tiene que cambiar? Aunque el documental no da demasiadas pistas al respecto, es evidente que hay un aspecto que estamos olvidando: las leyes de protección de nuestros derechos digitales. Todavía son muy escasas, pero, si tenemos en cuenta que la digitalización no se puede revertir, va a ser necesaria la cooperación global en este campo para resolver el famoso dilema.

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