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Hacia el nuevo orden: de cómo el Dragón Asiático se comió al rompecabezas

Claudia Gallego Ariño

Teniendo en cuenta el controvertido papel de la UE en el ámbito internacional y las intenciones de la Comisión para los próximos años, cabe aprovechar la crisis mundial del coronavirus para contrastar la realidad con los deseos, para defender una narrativa menos optimista que la desplegada por la propia Comisión y puesta en tela de juicio en el último y crispado Consejo Europeo. Como dijo una vez Mogherini (antigua Alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad), “nuestro potencial no tiene parangón, pero aún no lo estamos aprovechando al máximo”.

         A pesar de las recomendaciones de la OMS y de las drásticas medidas impuestas por China, todos los países europeos han terminado por verse afectados por el COVID-19. Según los informes de Reporteros sin Fronteras, de no haber sido por el autoritarismo y la censura en China, la epidemia podría haberse conocido mucho antes y se habrían evitado muchos casos en todo el mundo. Sin embargo, esto no resta importancia al hecho de que China esté siendo aplaudida a nivel mundial por su gestión de la crisis y se haya convertido en un modelo a seguir. Desde el punto de vista geopolítico, este país ha demostrado la capacidad de avanzar, superar las dificultades y continuar su ascenso como potencia mundial, previsiblemente en el medio plazo, hegemónica. Por el contrario, la división interna que experimenta la población estadounidense se combina con un gobierno errático y, voluntariosamente, imperial, del que incluso sus aliados más cercanos desconfían. Por no hablar de la Unión Europea, donde, una vez más, las respuestas unilaterales de los estados miembros ponen de manifiesto que las piezas del rompecabezas europeo se están separando, con Polonia, Eslovaquia y la República Checa cerrando sus fronteras a los extranjeros; Alemania cerrándolas sólo a algunos; e Italia y España decretando el estado de alarma, que Francia acaba de seguir.  Aunque el Eurogrupo y la Comisión han apoyado diferentes medidas nacionales para apoyar la recuperación económica, las deficiencias y la inacción de la UE han revelado la imposibilidad de que los Estados creen una organización política democrática que trascienda los intereses nacionales individuales.

         Aunque Ursula von der Leyen, que ha sido Presidenta de la Comisión Europea durante algo más de 100 días, apuesta por la unidad y la solidaridad para superar la crisis, e incluso es partidaria del Plan Marshall (un fondo comunitario de reaseguro de desempleo y eurobonos que permitiría compartir los costes de la crisis) presentado por Pedro Sánchez, esta emergencia sanitaria, económica y social del coronavirus no ha hecho más que reforzar la brecha entre el norte y el sur de Europa. La negativa de Alemania y, sobre todo, de los Países Bajos de crear un instrumento para compartir los costes de la pandemia amenaza con hacer descarrilar la contundente respuesta comunitaria que exigen Francia, España e Italia. Mientras el sur está desesperado por encontrar soluciones a la profunda crisis que se avecina, los Países Bajos consideran que el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) es una opción que aún no debe activarse, y el ministro de finanzas de Alemania no sólo describió la creación de los bonos corona como un “debate fantasma”, sino que también dudó de la eficacia de un plan Marshall para Europa, ya que “el norte no ha sentido tanto los efectos y no está en el negocio de tomar medidas”.

         El Consejo Europeo de la pasada semana fue ilustrativo al respecto, y, en él, se desplegó la profunda brecha que enfrenta, principalmente, a Alemania y Países Bajos con Italia y España. El primer ministro Conte (Italia) y el presidente del gobierno español Sánchez, defendieron la solidaridad interterritorial (coronabonos, MEDE; como principales bazas) en la Unión, después de la publicación de un manifiesto de jefes de gobierno y estado de nueve estados miembros. En principio, son mayoría los estados miembros que abogan por esta solución (a excepción de los países nórdicos, Dinamarca, Países Bajos, Alemania y Austria), y los estados del sur se coordinan de forma eficiente. Ilustrativas, a este respecto, fueron las declaraciones del primer ministro portugués Costa tachando de “repugnantes” las palabras del primer ministro neerlandés Rutte. Los silencios, en la reunión del Consejo, tanto de la presidenta de la Comisión (cuya postura oscila con las horas: de rechazar frontalmente los eurobonos a admitirlos como posibilidad) como del presidente francés Macron, fueron igualmente llamativos. Aventuran una negociación larga entre los estados. La cuestión, ¿con cuánto tiempo cuentan?

         La realidad impone que los EE. UU. han perdido su capacidad de liderazgo mundial y el eje del poder mundial se está desplazando hacia Eurasia. La pandemia ha puesto de manifiesto las costuras de la globalización neoliberal y la germinación de un nuevo sistema unipolar en el que China puede desempeñar un papel central como dominadora de la plataforma continental euroasiática. Como bien indica El Salto Diario, el hecho de que las “democracias” europeas hayan copiado las medidas chinas para hacer frente a la epidemia de coronavirus es una señal de que el “dragón” ya es una referencia y un ejemplo en cuanto al control social de la población. En lo que respecta a Europa, parece bastante obvia cuál es la respuesta a la popular pregunta que Henry Kissinger planteó en los años 70: “¿A qué número llamo cuando hablo con Europa?”. Llame, por ahora, a cada uno de los estados miembros. Europa sigue en construcción como actor global, y sólo el tiempo podrá decirnos si nuestro rompecabezas será reconstruido, o volveremos a ser pequeñas piezas desintegradas en un nuevo orden mundial. En quince días se vuelve a reunir el Consejo Europeo, entonces, se podrá ver hasta dónde llega la UE.

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