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COVID-19 Internacional Política Temas sociales

Juventudes sin futuro: 10 años después

Julio Lucena

A principios de este año, se cumplió el 10º aniversario del ciclo de revueltas conocido como las «Primaveras Árabes». En escasas semanas, sucedería lo propio con las protestas del 15-M en nuestro país.

En este escenario se viene sucediendo la publicación de artículos y libros, celebración de conferencias y toda una serie de actividades que, al tiempo que recuerdan de manera más o menos nostálgica las protestas de 2011, tratan de actualizar las demandas de democratización, extensión de derechos civiles y políticos, justicia social, redistribución de la riqueza, crítica de la corrupción de los partidos del régimen… que impulsaron dichas protestas.

Tanto en las Primaveras Árabes como en el 15-M, la juventud jugó un papel fundamental y se convirtió en un actor político decisivo. De hecho, si bien podemos enmarcarla dentro de la sociedad civil, los jóvenes se configuraron como un sector autónomo y diferenciado de la misma, con sus propias estrategias, líderes y objetivos, así como con una serie de problemáticas específicas que les afectaban —y siguen afectando aún hoy— especialmente.

Brevemente, podemos identificar algunas de estas problemáticas que la juventud, tanto de los países del Magreb (Marruecos, Argelia, Túnez…) como del sur de Europa (España, Portugal, Grecia e Italia), ha padecido durante los últimos años: precariedad laboral y altas tasas de desempleo, imposibilidad de acceder a una vivienda, emancipación tardía, problemas de salud mental… A largo plazo, se traducen en una falta de expectativas vitales y de horizontes de futuro.

Manifestaciones del 20 de febrero de 2011 en Rabat, Marruecos. Fuente: RFI

No obstante, cuando establecemos ciertos paralelismos entre los obstáculos que afectan a los jóvenes del Magreb y del Norte de África y aquellos que viven los jóvenes del sur de Europa, no queremos ni muchos menos equiparar ambas situaciones; esto es, aunque se trata de dificultades de naturaleza similar, la magnitud de las mismas es muy distinta, ya que ser joven en países como Túnez o Argelia es inmensamente más duro y se cuenta con muchas menos redes de apoyo y recursos que en Italia o España.

Asimismo, a pesar de que consideramos a la juventud como un actor político autónomo en el marco de la sociedad civil, desde un punto de vista sociológico esta no es homogénea en su interior, sino que está atravesada por diferencias —que conllevan desigualdades— de clase, etnia y género, entre otras. Por tanto, no es lo mismo ser un joven de nacionalidad española perteneciente a una familia blanca de clase media-alta, bien posicionada social y económicamente, que ser una joven de nacionalidad española en una familia migrante de clase baja que se vio forzada a abandonar su país. Probablemente, los únicos elementos en común que compartan sean, uno, vivir en España, y dos, pertenecer a una misma generación. Nada más.

Teniendo estas cuestiones en mente, y una vez hemos tratado de aclarar su relevancia, el objetivo de este artículo es, no obstante, llamar la atención acerca de la gravedad de la situación que, en general, viven los jóvenes en esta región —que podemos identificar aproximadamente con la cuenca del Mediterráneo— y que la crisis provocada por la pandemia de la Covid-19 empeorará todavía más; ya lo está haciendo, de hecho. Como ya hemos señalado, la profundización de la «crisis particular de los jóvenes», que se añade a la sanitaria y a la económica que afectan al conjunto de la población, no solo ocurre en el ámbito laboral, sino también a nivel psicológico y, sobre todo, de expectativas vitales más generales.

En este sentido, si las autoridades políticas no actúan con rapidez y eficacia a la hora de poner en marcha políticas públicas en materia de acceso a la vivienda, inserción laboral de los jóvenes, prestaciones y ayudas a los más desfavorecidos, etc., el encadenamiento de dos crisis —la de 2008 y la provocada por el coronavirus— tendrá consecuencias fatales a corto y medio plazo para toda una generación de jóvenes en estos países. Más concretamente, podemos decir que la cohorte más afectada de jóvenes son los nacidos entre 1985 y 1990, es decir, aquellos que ahora tienen entre 30 y 35 años. En el caso de estos últimos, han experimentado una crisis permanente desde que con 20 y pocos (o antes incluso) se vieron arrojados al mercado laboral. Si a 10 años de precariedad constante se le añaden las consecuencias de una pandemia mundial, el resultado es una generación devastada.

Manifestación por el 5º Aniversario del 5-M en Madrid (2016). Fuente: Álvaro García para El País

A riesgo de sonar pesimistas, las circunstancias vitales que hemos descrito dibujan un panorama desolador para la juventud del Mediterráneo: en el caso de los jóvenes del Magreb, la situación no es ni más ni menos que extrema, mientras que para los jóvenes de la periferia sur de Europa se torna muy grave (según El Economista, en noviembre de 2020 la tasa de desempleo para menores de 25 años era del 40% en España, del 34% en Grecia, del 29’4% en Italia y del 23’4% en Portugal).

A lo anteriormente descrito, se añade un factor más a tener en cuenta, derivado de la pandemia: las posibilidades de manifestación y organización política se encuentran fuertemente limitadas en el espacio público como consecuencia de las restricciones a las reuniones y la movilidad. En estas coordenadas poco favorables para la movilización más allá de las redes sociales, y teniendo en cuenta otros factores relacionados con el clima político, como el auge de los discursos tecnocráticos en un mar de incertidumbres, parece poco probable el surgimiento de una nueva ola de indignación global como aquella que se extendió en 2011 desde el Norte de África hasta EE.UU., pasando por España, Grecia y muchos otros países.

En conclusión, y a pesar de las enormes dificultades, los jóvenes debemos hacer un esfuerzo por explorar formas alternativas de reivindicación y asociación que nos permitan hacer valer nuestros intereses particulares. El objetivo ha de ser revertir la tendencia a la precarización de cada vez más aspectos de la vida y garantizarnos un futuro para nosotros mismos, para las generaciones venideras y para el planeta en su conjunto.

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