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Economía Nacional Política Temas sociales

Madrid, capital del agravio

Pablo Cerezo

“Solamente puedo decir que sobre esta tierra hay plagas y hay víctimas y que, en la medida de lo posible, uno tiene que negarse a estar del lado de la plaga”

Albert Camus

A riesgo de que para cuando el lector termine este artículo la situación en Madrid haya cambiado de nuevo, propongo comenzar por el final. Parece que Ayuso ha terminado por claudicar, aunque no sin presentar batalla y con la amenaza de ir a los tribunales. La opinión pública, aun incapaz de entender los argumentos que desde Madrid han esgrimido a lo largo de estos días, sigue perpleja. Primero Madrid necesitaba un régimen especial, luego el mismo que toda España, luego era España dentro de España y luego lo contrario… finalmente se extenderán las restricciones al resto de municipios madrileños a cambio de que esos mismos criterios se apliquen al resto del Estado. No traten de explicar estas últimas 72 horas de delirio desde criterios sanitarios, les resultará imposible. La política en Madrid tiene más de telefilm de vaqueros.

Eso aclararía, por ejemplo, el afán de Casado por que Ayuso se erija en una suerte de emblema de la resistencia contra el gobierno invasor. Una heroína fuerte, que, sola ante el peligro, aguante con firmeza las amenazas de intervención del Gobierno. Con la capacidad añadida de poder desembarazarse de cualquier responsabilidad si las medidas del gobierno no dan resultados. Pero Ayuso no es ninguna Gary Cooper y tal como se están desarrollando los acontecimientos, el final de este telefilm apunta más a “Murieron con las botas puestas”.

Porque nadie niega ya que la Comunidad camina hacia la debacle, sin frenos y con arrogancia de señorito.  Ese es desgraciadamente el broche trágico de un pulso político que ha puesto en jaque a la capital española durante la última semana. Ahora que lo conocemos tratemos de ver como hemos llegado hasta aquí. Señalando primero responsabilidades y luego a los culpables.

Es cierto que el gobierno central relegó competencias con el fin del estado de alarma, pero no es menos cierto que, ante el colapso inmediato de Madrid y la inanición de la administración de Ayuso, Moncloa debería haber tomado cartas en el asunto antes. Si no se hizo es porque había más rédito electoral en el colapso de Madrid que en su rescate. O al menos eso debía de pensar Iván Redondo, el asesor áulico de Sánchez.

La mano derecha del Presidente se ha granjeado fama de potente estratega. Redondo sabe el tirón electoral que tienen los líderes fuertes en momentos de incertidumbre y ya veía a Sánchez como el gran timonel que rescatase a Madrid de la sinrazón. Por ello desde Moncloa se repetía tanto lo necesario que era “recuperar el control” en la comunidad de Madrid. Redondo sabe que ese lema funcionó bien en el Brexit y quiere probar suerte con la versión ibérica. El relato es bueno, eso es innegable. No en valde, también tiene fama de gran seriefilo y maneja bien la puesta en escena. Pero la situación en Madrid es tan cruda que no se puede salvar solo con relatos. El riesgo de que el asesor, intentando emular sus capítulos favoritos, acabe perdido en laberintos tácticos es ya demasiado alto.

El resto de actores andan con el perfil bajo. Especialmente Gabilondo; a la oposición del PSOE en Madrid ni está ni se la espera. Similar sucede con Unidas Podemos quienes andan prácticamente ausentes en esta batalla, más centrados en peleas digitales por la jefatura del Estado. Ciudadanos por el contrario sigue mostrando una fidelidad casi suicida al gobierno de la comunidad. Pero es cuestión de tiempo que Aguado empiece a cuestionarse hasta qué punto le compensa quedarse a defender una casa en llamas. Y tras lo acontecido en las últimas horas ese momento parece cada vez más cercano. Por último tenemos a Almeida, el alcalde de Madrid con proyección nacional, al que Casado se ha asegurado de desarmar, atándole al peso muerto que es ahora la defensa de Ayuso.

El triunfo de la muerte de Pieter Brueghel, el Viejo.

Pero más allá de las políticas palaciegas y las responsabilidades compartidas, Madrid se enfrenta a un problema de mayor calado. Porque el factor último de su colapso, el verdadero culpable, no dejan de ser 30 años de neoliberalismo. La segregación sanitaria por barrios, los menús de Telepizza, los recortes en el transporte público durante el verano, la privatización de los escasos rastreadores… toda una larga lista de medidas que obedecen, no a la ineptitud del gobierno como algunos apuntan, sino a un proyecto ideológico basado en la precariedad y la segregación. Que busca convertir la Comunidad de Madrid en un ring del sálvese quien pueda. Y no es casualidad que los que pueden vivan siempre al norte de la M30.

Este es el contexto que precipita los acontecimientos de los últimos días en los cuales Ayuso ha defendido una cosa y la contraria de manera sistémica. Sería injusto pensar que su actitud es mera incompetencia. Si la presidenta actúa así es porque tiene ciertas garantías de que no le pasa factura. Son las propias lógicas políticas de un sistema truncado. Porque algo falla en nuestra aritmética territorial cuando el gobierno de Madrid puede negociar tomando como rehenes al resto de las comunidades y salir ganando. El peso de la capital es desproporcionalmente grande en muchos sentidos y el resto de comunidades lo saben. Mientras, el hartazgo crece en todo el territorio español.

Lo hace también en los barrios del sur de Madrid. Los mayores damnificados de esta crisis tienen que soportar como se habla demasiado de sus estilos de vida y demasiado poco de sus condiciones de vida. Y ante eso el agravio siguen creciendo y empieza a tomar  cuerpo en las manifestaciones de Vallecas o Usera. Los barrios de clase trabajadora han tenido que aguantar un trato bastante diferente al que recibieron sus vecinos del Barrio de Salamanca. En Núñez de Balboa nunca vimos los abusos policiales ni la violencia indiscriminada que sufrieron los vecinos de Vallecas. Otra muestra de este sistema truncado.

El corolario de esta historia es duro. Alguien acabará recogiendo los frutos de ese agravio y esperemos que se vehicule en la dirección correcta. Pero el tiempo se agota, y corremos el riesgo de que la desesperación acabe en nihilismo y este a su vez en reacción. Son tiempos de una enorme incertidumbre y los que pagan siempre las crisis no pueden aguantar otra carga sobre sus hombros. Ante ese escenario descarnado, durísimo para demasiadas familias, el tacticismo y los secretos de palacio son parte del problema. Hace mucho que esto dejó de ser “House of Cards” y el agravio sigue creciendo.

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