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Cultura Internacional

No es solo música: el K-pop como arma de persuasión en Corea del Sur

Jimena de Diego Gutiérrez

BTS, uno de los grupos de K-pop más populares a nivel mundial. Fuente: La Vanguardia.

El pasado quince de octubre, se hacía público el último debut del grupo estrella del K-Pop, BTS. Su agencia y discográfica, Big Hit Entertainment, ha dado el salto a la bolsa surcoreana. La operación ha sido de gran ayuda para devolver la confianza de los inversores en el sector, gravemente afectado por las cancelaciones en masa de todo tipo de eventos.

De acuerdo con Hyundai Research Institute, la banda BTS (acrónimo de Bangtan Sonyeondan, “chicos a prueba de balas”) aporta a la economía surcoreana cerca de 3.1 millones de dólares anualmente. Big Hit Entertainment ganó cerca de 440 millones de euros en 2019, según un informe publicado en su web. La mayor parte de sus ganancias se debieron a las actividades presenciales, ahora inviables debido a las medidas de seguridad y distanciamiento social.

Esta es solo otra muestra de la creciente popularidad del pop coreano, que ha traspasado fronteras en los últimos años. Sus pegadizas canciones, acompañadas de coreografías ejecutadas perfectamente al unísono, y su llamativa estética ya han llamado la atención de artistas internacionales de renombre, como Lady Gaga o Selena Gómez.  BTS fue uno de los invitados a la ceremonia celebrada en la sede de la ONU en Nueva York con motivo del lanzamiento de Generation Unlimited de UNICEF en 2018. Con esto, se convirtió en el primer grupo musical en pronunciar un discurso en la Asamblea General de Naciones Unidas.

Hasta hace relativamente poco, se trataba de un género desconocido, pero el origen del pop coreano moderno se remonta varias décadas. ‘The Kim Sisters’ podría ser considerado como uno de los primeros grupos de K-pop de la historia. Las tres hermanas surcoreanas llegaron a actuar hasta 22 veces en el Show de Ed Sullivan, un famoso programa norteamericano cuyo plató acogió a icónicos artistas y bandas de la talla de Los Beatles, Elvis Presley o The Doors. El éxito que amasaron fue tal que llegaron a ser consideradas como “embajadoras culturales” de Corea en los 60.

Pero no fue hasta los años 90 cuando el concepto de Hallyu, ‘la ola coreana’, empezó a cobrar vida. Corea del Sur vivó una fuerte crisis financiera a finales de la década, lo que llevó al gobierno a identificar las exportaciones de cultura pop como uno de los elementos clave para revivir la economía del país. Los primeros éxitos de la cultura coreana fuera de sus fronteras, más que la música, fueron los dramas televisivos. El gobierno surcoreano firmó acuerdos con medios de comunicación extranjeros para poder emitirlos en lugares estratégicos, como Iraq o Egipto, y así generar una opinión positiva del país.

Los grupos de K-pop han ido poco a poco haciéndose hueco en el panorama musical internacional. El 2012, el famoso Gangnam Style dio la vuelta al mundo en cuestión de días. El tema de PSY marcó el comienzo de la segunda ola coreana y, con toda probabilidad, inició a muchas personas en la cultura K-pop. Además, dejó claro que no es necesario que una canción estuviera escrita en inglés para alcanzar el éxito internacional. La canción fue aprobada incluso por Ban Ki-Moon, Secretario General de la ONU por aquel entonces, quien comentó que las artes representan un “camino para el entendimiento cultural”.

El reconocimiento de la cultura popular coreana ha trascendido a otros sectores, como la comida, el aprendizaje del idioma o los cosméticos. En la propia Corea del Norte, la cultura popular del sur también está cobrando adeptos. En los últimos años, los USB con telenovelas o los productos de belleza de marcas surcoreanas se han convertido en algunos de los objetos de contrabando más populares. Parte de los desertores norcoreanos han declarado haber estado influenciados por la televisión, las películas y la música del sur. Aunque las telenovelas y las canciones suelan tratar sobre amor y no sobre política o democracia, juegan un papel muy importante para la distribución de la información.

Hay que tener en cuenta que el éxito de la cultura popular surcoreana no ha sido casual, sino que forma parte de una estudiada estrategia para aumentar la influencia de Corea del Sur en el panorama internacional. Así, el K-pop puede considerarse como uno de los principales elementos que ayudan a elevar el soft power (‘poder blando’) del país.

Pero ¿en qué consiste el soft power? En relaciones internacionales, este término se utiliza para describir el poder de atracción de un Estado y la capacidad de convencer a otros de “querer lo que tú tienes”. El concepto tiene su contrapartida, denominada hard power. Mientras que el ‘poder duro’ hace referencia a la capacidad militar de un estado, el soft power es un arma más metafórica: el poder de persuasión. Dicho de otra forma, el hard power podría entenderse como “forzar a los demás a gustarles”, mientras que el soft power consiste en “atraerlos hacia ti”.

Una gran capacidad de soft power puede traducirse en beneficios económicos, como el incremento del turismo, de la inversión y la colaboración internacional o el aumento de la confianza nacional y la participación ciudadana. Se estima que un 7,4% de las visitas internacionales a Corea del Sur en 2017 (cerca de 1.7 millones de turistas) estuvieron motivas por su interés en la cultura musical coreana. En 2018, el mismo año en el que BTS consiguió el disco de oro en Estados Unidos, el Instituto Elcano otorgó a Corea del Sur la undécima posición en su clasificación mundial de países según su’ poder blando (diez posiciones por encima que en la década de 1990)

En definitiva, el K-pop está vinculado con el concepto ‘marca país’, por lo que todo lo que engloba a este sector podría ser considerado parte de la esencia y del orgullo nacional y contribuye a aumentar su poder dentro de la sociedad internacional.

Por otro lado, aunque el pop coreano ya sea todo un fenómeno de masas, no podemos obviar su cara B. El K-pop es una de las mejores bazas para exportar la cultura coreana al mundo, pero la industria no está exenta de polémicas. La muerte de tres idols coreanos en solo dos meses puso el foco sobre su lado oscuro en 2019. La enorme presión de las discográfica y de los seguidores por alcanzar una perfección que no existe ha ido consumiendo a muchos jóvenes artistas desde que el K-pop empezó a cobrar fama. Los grupos de fans, que en los últimos meses han mostrado una gran implicación en campañas sociales como Black Lives Matter, observan con lupa a los ídolos y tienen unas expectativas muy altas respecto a ellos. No solo deben ser artistas perfectos, sino también ciudadanos ejemplares. Su status de ídolos debe mentenerse incluso cuando están fueran de los escenarios.

Todo lo que rodea a este género es un producto, incluidos los propios artistas, que son modelados en función de la demanda del mercado. Durante años, se someten a durísimos entrenamientos en academias diseñadas específicamente para ello, que siempre se han regido por estrictas restricciones (no usar el móvil o tener contacto con personas del exterior son algunas de ellas). Las larguísimas jornadas de preparación les impedían disfrutar de sus aficiones personales o del descanso. Además, hasta hace muy poco, los aspirantes entraban en deuda con las compañía nada más firmar su contrato. Una vez que hubieran llegado al estrellato, tenían que devolver hasta el último céntimo invertido en ellos.

Las agencias, más que representantes, son diseñadoras de producto. No solo tienen en cuenta el talento, sino también la personalidad y la apariencia física de los participantes. Además, muchos de ellos comienzan a edades muy tempranas: en caso de triunfar, la mayoría suelen debutar a los 18 años. En 2012, unos dos millones de personas (cerca de un 4% de la población total del país) probaron suerte en Superstark, uno de los concursos de canto más populares del país, pero se calcula que menos de un 10% de los aspirantes llega a debutar.

La primera denuncia vino de parte del grupo DBSK en 2009 en contra de los abusivos contratos. Sin embargo, la mejora en las condiciones no se ha materializado hasta hace tan solo dos años, cuando se produjo la primera reforma de peso. En 2018, se estableció el “Contrato estándar para los aprendices de K-Pop en el sector de la cultura y arte popular”, que estipulaba un periodo de contratación máximo de tres años, formación gratuita para los artistas y la prohibición de cualquier acto de violación de los derechos humanos.

Sin duda, se trata de un gran avance para el sector, aunque todavía queda mucho trabajo por hacer. La industria ha crecido mucho en solo una década y este crecimiento debe ir acompañado de cambios en el terreno legal. El K-pop no es solo música, sino que ha motivado a muchas personas a aprender el idioma, conocer el país y acercarse a su cultura. Ban Ki- Moon estaba en lo cierto: verdaderamente, se trata de un camino para el entendimiento entre naciones. Claro está, para que se produzca este entendimiento, los derechos humanos tienen que ir por delante de todo lo demás.

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