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Economía Internacional

Nuevos faraones: el Nilo en disputa

Nicolás Palomo Hernández

Hay vida más allá de la pandemia: en esta segunda parte del mes de mayo de 2020 han escalado las tensiones entre Egipto y Etiopía en relación con la Presa del Gran Renacimiento, que Etiopía construye sobre el Nilo Azul a su paso por su territorio. El presidente egipcio, Abdel Fattah Al-Sisi, ha ordenado a sus tropas estar “en máximo grado de alerta”, mientras que Etiopía ha desplegado misiles antiaéreos en las inmediaciones de la presa por temor a un ataque egipcio. Todo ello se produce después de que Etiopía anunciara de forma unilateral que comenzaría a llenar la presa este mismo julio, sin haber alcanzado un acuerdo previo con Egipto y Sudán. Para entender la envergadura del conflicto, la utilidad de la presa para Etiopía y las razones que llevan a Egipto a estar dispuesto a hacer lo necesario para asegurarse el acceso privilegiado a sus aguas, es necesario adentrarse en la historia del Nilo y en la relación del río con los países que se encuentran en su cuenca hidrográfica.

El río Nilo es la columna vertebral de la República Árabe de Egipto, esencial para el país como elemento de transporte y comercio, para la agricultura, para el aprovechamiento de su agua e incluso como elemento civilizador y de cohesión nacional. Esta relación de dependencia ya la reflejó el historiador griego Heródoto cuando dijo que “Egipto es un don del Nilo”. La mayoría de las grandes ciudades egipcias (como El Cairo, Alejandría o Guiza) se encuentran en el valle del Nilo, que acoge a más del 99% de la población del país, o en el delta del Nilo en su desembocadura en el mar Mediterráneo. El Nilo se desbordaba anualmente, aumentado la fertilidad de su ribera y favoreciendo y facilitando la agricultura en una zona donde no abundan las lluvias. Sin embargo, dichas inundaciones debían ser controladas debido a su irregularidad. En la antigüedad se creía que esta labor la realizaba el propio faraón que, gracias a las ofrendas a los dioses, era capaz de controlar el caudal del río. Actualmente, quienes realizan la labor que antiguamente se les atribuía a los antiguos faraones son la Presa Baja de Asuán (construida en 1902 y reforzada posteriormente) y la Presa Alta de Asuán (construida en 1959 tras el Tratado del Nilo entre Sudán y Egipto), encargadas de controlar el caudal del Nilo a su paso por Egipto y así anticiparse a posibles inundaciones o sequías. Pero Egipto -que también está comprobando como el cambio climático está aumentando la salinización del Nilo a causa de la subida del nivel del mar- no está dispuesto a admitir a “faraones” externos que limiten el caudal del Nilo en sus dominios, lo que supone un foco claro de posibles conflictos regionales. El que fuera presidente de Egipto, Anwar el-Sadat, dijo en 1979 que “la única cuestión que podría llevar a Egipto una vez más a la guerra es el agua”. La ONU también está al tanto de esta cuestión y tres Secretarios Generales (Butros Butros-Ghali, Kofi Annan y Ban Ki Moon) advirtieron de la posibilidad de futuras guerras a causa del control de los recursos hídricos, especialmente en Oriente Medio.

El reclamo egipcio de la soberanía completa sobre el Nilo se remonta a una serie de acuerdos de principios del siglo XX (1926, 1929) entre las potencias coloniales por los que se prohibía la construcción de presas que condicionaran el caudal del Nilo, afectando en gran medida a Sudán y Etiopía y atendiendo principalmente a los intereses británicos. En 1958, Egipto mandó una expedición militar a Sudán y, tras la formación de un gobierno favorable a los intereses egipcios, se firmó el Tratado del Nilo en 1959. Dicho tratado otorgaba a Sudán 18 billones de metros cúbicos de agua anuales y se le permitía la construcción de dos presas en su territorio, mientras que otorgaba a Egipto 55 billones de metros cúbicos de agua anuales y la posibilidad de negar la construcción de presas y embalses fuera de su territorio, además de dar origen a la construcción de la Presa Alta de Asuán en Egipto.

Etiopía comenzó a estudiar la posibilidad de construir presas en el Nilo Azul (tramo del Nilo entre Etiopía y Sudán, donde, a su paso con Jartum, confluye con el Nilo Blanco para formar el Nilo) a lo largo de la década de los años 60. Las sucesivas presas que Adís Abeba ha construido desde entonces no han sentado nada bien a Egipto, que sigue reclamando sus derechos sobre el Nilo en base a los ya mencionados tratados de la época colonial. Para tratar de unificar la política sobre el Nilo de los países pertenecientes a su cuenca hidrográfica, a finales de los años 90 se creó la Iniciativa de la Cuenca del Nilo (NBI, por sus siglas en inglés), con el objetivo de favorecer el desarrollo de la región y el reparto eficiente de los beneficios obtenidos de las aguas del Nilo. En 2011 se firmó el Tratado de Entebbe, por el que se permitía la construcción de presas en el Nilo por parte de los diferentes países en sus respectivos territorios, rechazando los tratados coloniales que otorgaban el derecho a veto a Egipto en esta cuestión. El acuerdo fue ratificado por todos los países de la cuenca a excepción de Egipto y Sudán, temerosos de ver reducido el caudal del Nilo en sus respectivos territorios.

El conflicto sobre las aguas del Nilo se puede comprender como una lucha por el poder regional. Egipto es más poderoso militarmente que Etiopía, ya que posee el mayor ejército del mundo árabe -gracias a la ayuda estadounidense- y espera un crecimiento cuantioso de su población en los próximos años (por lo que no solo busca mantener la cantidad de agua que obtiene actualmente, sino asegurarse de que podrá aumentarla en un futuro próximo). Sin embargo, Etiopía cuenta con un gran ejército, una población superior a la de Egipto, es uno de los principales aliados de Estados Unidos en su lucha contra el terrorismo, mantiene buenas relaciones con Israel por la importante comunidad judía que habita en Etiopía y está decidido a consolidar su desarrollo y crecimiento. En este contexto, Etiopía anunció en 2011 un acuerdo con la República Popular China para comenzar la construcción de la Presa del Gran Renacimiento Etíope (GERD, por sus siglas en inglés) sobre las aguas del Nilo Azul, próxima a la frontera con Sudán, que se prevé que estará finalizada y comenzará su actividad antes de 2022. La presa albergará una gran central hidroeléctrica que permitiría a Etiopía convertirse en la primera potencia exportadora de energía eléctrica en África. Además, dicha presa sería capaz de almacenar grandes reservas de agua en sus depósitos que, usadas exclusivamente por Etiopía, podrían suponer una reducción de la cantidad de agua que fluiría hacia Egipto. Por razones de supervivencia interna (asegurarse el acceso al agua) o para debilitar a Etiopía por razones de rivalidad geoeconómica o geoestratégica (evitar que Etiopía amenace la hegemonía regional egipcia), Egipto no está dispuesto a permitir que el caudal del Nilo a su paso por su territorio se vea reducido.

La respuesta de Egipto no se hizo esperar. En 2010, Wikileaks filtró diversos correos electrónicos de altos cargos egipcios que planeaban atacar la Presa del Gran Renacimiento en colaboración con Sudán, antes de que sus obras fueran finalizadas. Además, poco tiempo después y ya con Morsi en el poder -que también realizó declaraciones comprometidas en tono amenazante en relación a la construcción de la presa-, se hicieron públicas conversaciones en las que altos cargos egipcios proponían financiar a grupos armados etíopes con la intención de desestabilizar la zona. Sin embargo, a pesar de las presiones, Etiopía continuó con la construcción de la presa, deslegitimando los acuerdos firmados en época colonial que confirmaban la soberanía egipcia sobre el Nilo y asegurando, además, que el flujo de agua del Nilo a su paso por Egipto no se vería reducido. En 2015, Egipto, Etiopía y Sudán llegaron a un acuerdo para que se redujeran las tensiones y se finalizara la construcción de la presa.

Al-Sisi aseguró que Egipto no iría a la guerra con Etiopía debido a la presa, pero sigue temiendo que el caudal del Nilo se vea reducido y ningún posible desenlace puede ser descartado, especialmente tras los últimos acontecimientos. A este respecto, un conflicto armado entre Egipto y Etiopía causaría la desestabilización política y económica de la región. Una hipotética destrucción de la Presa del Gran Renacimiento (y de otras presas etíopes) por parte de Egipto podría ocasionar importantes inundaciones en Etiopía y Sudán. De especial riesgo es el caso de Jartum, capital sudanesa, donde confluyen el Nilo Blanco y el Nilo Azul, y donde una crecida del cauce del segundo tendría consecuencias devastadoras. Como consecuencia, la posición del gobierno central sudanés en Jartum podría verse debilitada, produciendo una escalada en el conflicto Jartum-Darfur en Sudán. Otros puntos de interés para comprender las relaciones egipcio-sudanesas son la zona de Bir Tawil (considerada tierra nullius y sobre la cual ni Egipto ni Sudán tienen soberanía) y el Triángulo de Hala’ib (zona en la que recientemente se han encontrado reservas de petróleo y que se mantiene en disputa entre ambos países, actualmente ocupada por Egipto y sobre la cual Sudán renunció a su soberanía en el año 2000, pero que volvió a reclamar Omar Al-Bashir en el año 2004). Por todo ello, la posición sudanesa puede ser esencial en la cuestión, y ha variado acercándose a las dos posturas enfrentadas a lo largo de los años. Si bien la puesta en marcha de la presa etíope puede contribuir a un mejor control del caudal del río a su paso por su territorio, Sudán también teme a las inundaciones y a una posible disminución del flujo de aguas que recibe, además, como se ha comentado, le conviene mantener buenas relaciones con su vecino Egipto. En estos momentos, y ante la intención unilateral de Etiopía de comenzar a llenar las reservas este mismo julio, Sudán se encuentra más cercano a la posición egipcia.

La lucha por el control de los recursos ha dominado la política exterior de la gran mayoría de los países a lo largo de la historia. Si tenemos en cuenta, además, la creciente escasez y el aumento de la necesidad de dichos recursos -tanto energéticos como vitales- para la supervivencia de los Estados, no sería demasiado arriesgado afirmar que gran parte de los próximos conflictos armados se producirán debido al control de los recursos escasos como, por ejemplo, el agua dulce. Los ríos son un accidente geográfico de gran importancia geopolítica, ya que ofrecen seguridad y protección, transporte y comercio, agua dulce y comida. Por ello, se ha comenzado a conocer al agua como el “oro azul”, tanto o más imprescindible en el mundo actual que el “oro negro”, el codiciado petróleo. En este aspecto, el caso del Nilo es paradigmático y puede servir de guía para posibles conflictos futuros. Sin embargo, aún es pronto para sacar conclusiones: la reducción de las tensiones y la salida diplomática del conflicto todavía parecen factibles, pero debemos seguir atentos a nuevos movimientos. Por si fuera poco, la amenaza etíope de Etiopía al control exclusivo de Egipto sobre el Nilo puede servir de ejemplo para los demás países de la cuenca hidrográfica, que pueden comenzar a desarrollar estrategias más agresivas para reclamar su soberanía sobre el río a su paso por sus respectivos territorios.  El Nilo está en disputa y a la espera de nuevos “faraones” que controlen su cauce.

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