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Artículo invitado COVID-19 Internacional Temas sociales

La pandemia silenciosa

Imagen: Everyday Health

Clara Panella

En los últimos 15 meses, el COVID-19 se ha extendido tanto que no ha dejado rincón del mundo sin tocar. Nos ha obligado a cambiar nuestra forma de trabajar, de relacionarnos, de vivir. Ha monopolizado la atención de la población mundial, acaparando titulares mientras otros problemas pasaban inadvertidos. Así, una segunda pandemia se ha ido abriendo abriendo camino, silenciosa. No ha causado tanto revuelo. No es tan mortífera, ni siquiera es contagiosa. Pero ha permeado en nuestra sociedad y no será tan fácil deshacernos de ella, pues todavía no hay vacuna contra la depresión, la ansiedad y el miedo.

La pandemia de COVID-19 ha conllevado un aumento exponencial de los problemas de salud mental. El confinamiento incrementó la sensación de soledad, de aislamiento. Muchos se sintieron perdidos, con miedo al presente y al futuro. Un presente de catástrofe sanitaria, temor e incredulidad ante los acontecimientos, y un futuro incierto ante la perspectiva de otra crisis económica, de precariedad laboral, de ERTEs y despidos. Con el paso de los meses, la salud física colectiva fue empeorando. También lo hizo la salud mental.

Aunque la salud mental ha ido ganando relevancia en los últimos tiempos, aún sigue relegada a un segundo plano, siendo la salud física la protagonista. Esto es evidente en los medios de comunicación. Los telediarios muestran un sinfín de imágenes de pinchazos y debates sobre qué vacuna es más eficaz según qué rango de edad, mientras que la salud mental sigue siendo un tema tabú. Pero esta falta de atención a los problemas mentales también es evidente en la sanidad, o en la educación.

El último informe del Ministerio de Sanidad, que data del 2017, arroja que un 10% de la población mayor de 15 años sufría de algún problema de salud mental[1], en su mayoría depresión y/o ansiedad, una cifra que debería ser actualizada para reflejar la realidad actual. Con el COVID-19, los casos han aumentado sustancialmente. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), un 93% de los países del mundo han visto cómo se colapsaba su sistema de atención a la salud mental, unos datos que no sorprenden en España[2].

Según un informe del Defensor del Pueblo, en 2018 había 6 psicólogos por cada 100.000 habitantes[3], un ratio muy por debajo de la media europea, de 18. Aunque las plazas para residentes de psicología aumentaron en 2020, el número de profesionales de la salud mental en la sanidad pública sigue siendo insuficiente. El acceso a un tratamiento psicológico, por tanto, está limitado a aquellas personas que se lo pueden permitir. Sin embargo, los últimos datos del Centro Superior de Investigaciones Sociológicas (CIS), indican que un 32% de personas de clase baja sufrieron depresión durante la pandemia, frente a un 17% de personas de clase alta[4].

El problema no es solo económico. El estigma que a día de hoy sigue acompañando a las enfermedades mentales es una lacra a la hora de normalizar los problemas de salud mental y el acceso a un tratamiento adecuado. Además de un mayor gasto sanitario en salud mental, es necesaria una campaña nacional de sensibilización acerca de este tema. Es fundamental acercar esta problemática a los centros escolares.

Igual que la salud mental está poco presente en la sanidad pública, tampoco lo está en la educación. Los adolescentes reciben charlas y talleres sobre los daños que conllevan las adicciones al tabaco, las drogas y el alcohol. También sobre enfermedades de transmisión sexual. Sin embargo, el tema de la salud mental está ausente de las aulas. Según datos de la OMS, uno de cada seis adolescentes (10-19 años de edad) sufre algún problema psicológico, entre los que destacan los trastornos alimenticios y la depresión, que ya es una de las principales causas de enfermedad entre adolescentes de todo el mundo[5].

Aún más graves son los datos de suicidio, que es la tercera causa de muerte entre los jóvenes de 15 y 19 años. Uno de los grandes problemas es la falta de detección y prevención, principalmente debido a la falta de recursos. Además de aumentar el gasto, es importante sensibilizar sobre este tema, enseñando a padres, madres, profesores y alumnos cómo detectar los primeros indicios de un problema.

Es fundamental reconocer los estragos que está causando esta pandemia silenciosa entre las generaciones jóvenes y no tan jóvenes, y es urgente que la salud mental adquiera mayor relevancia (y mayores recursos económicos) en los sectores de la sanidad y de la educación. Solo con un plan conjunto se podrá avanzar en la mejora de la salud mental española y hacer frente así a un problema para el que aún no se divisa una cura.


[1] https://www.mscbs.gob.es/estadEstudios/estadisticas/encuestaNacional/encuestaNac2017/SALUD_MENTAL.pdf

[2] https://www.who.int/es/news/item/05-10-2020-covid-19-disrupting-mental-health-services-in-most-countries-who-survey

[3] https://www.defensordelpueblo.es/noticias/salud-mental/

[4] http://www.cis.es/cis/opencms/ES/9_Prensa/Noticias/2021/prensa0494NI.html

[5] https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/adolescent-mental-health

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