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¿Por qué no tenemos trabajo?

Julián Fernández-Vegue – redactor invitado

Europa tiene un problema con el empleo joven. A comienzos de mayo de 2021, el 17,2% de los jóvenes menores de 25 años residentes en la Zona Euro se encontraban en situación de desempleo. El grupo de población que ha de liderar los avances europeos en los próximos años no encuentra su lugar en una Europa que cada vez tiene más problemas que solventar. 

Aunque los primeros signos de recuperación económica trajeron consigo una importante bajada del desempleo después del verano de 2020, el paro entre los jóvenes aumentó. ¿Cuáles son los motivos de esta situación? 

La polarización europea

Muchas veces dos o tres números clarifican más una información que párrafos enteros. España, Grecia e Italia, baluartes del sur de Europa, tienen tasas de paro superiores al 30%. 

El caso de nuestro país es especialmente grave, pues el dato ha rozado el 40% en más de una ocasión y las políticas activas de empleo no se enfocan precisamente en este sector de la población. Portugal podría parecer un insólito refugio en los países del sur con un 21% de tasa de paro juvenil, pero aún queda lejos del 6% alemán o de los datos inferiores al 5% de los países escandinavos. 

Pero Europa no solo se polariza de norte a sur. El este de nuestra región es también una de las zonas más castigadas por el desempleo juvenil. Rumanía y Bulgaria llevan años con una tasa de desempleo juvenil en torno al 20% y la situación no tiene visos de mejora. 

Se puede deducir que las repúblicas bálticas y los antiguos países del bloque del este siguen adaptándose a los cambios en el modelo productivo que supuso su entrada formal en Europa. No obstante, es una teoría que no justifica la tendencia que sufre el empleo joven de cara a futuro y es aún menos efectiva si la trasladamos a los países del sur de Europa. 

Fuente: El Confidencial

La centralización de la UE

Como si se tratase del más estricto politburó moscovita, Europa está terriblemente centralizada. La Idea de Europa de Steiner ha sido consumida por una amalgama burocrática que pretende ser la cara amable de la política de cara al ciudadano medio. Seamos sinceros: el ciudadano medio no entiende la Unión Europea. 

Las instituciones han quedado relegadas al plano de la gestión y del papeleo. El beneficio queda para aquellos lugares en los que la Unión está más presente o de gran tradición burocrática. La frase «el que parte y reparte se queda con la mejor parte» nunca tuvo tanto sentido. 

Sin ir más lejos, la pandemia de la COVID-19 ha mostrado el egoísmo y las rencillas internas que existen entre países miembros cuando esto no debería ser así. Este centralismo nos lleva a los siguientes puntos, el aprovechamiento y la sobrecualificación del empleo. 

La explotación

«Mi hijo se ha ido a Alemania porque no encuentra trabajo». El nuevo éxodo rural son las migraciones de jóvenes dentro de Europa; salir del pueblo para encontrar una nueva vida en grandes capitales como Berlín, Oslo, Londres, Copenhague… Por supuesto, los jóvenes se mudan para vivir mejor, para tener más aspiraciones, pero la existencia de estos movimientos migratorios refleja más carencias que oportunidades. 

Desde 2008, momento álgido de las últimas grandes crisis, casi un millón de jóvenes españoles se han ido a buscar trabajo al extranjero. Como curiosidad, durante los años más duros del franquismo, más de 1.300.000 españoles salieron del país con la idea de trabajar fuera. Ese período duró unos 30 años; no es descabellado que la huida masiva actual de jóvenes supere esas cifras. 

El origen de esta situación parece ser, a priori, la falta de oportunidades en los países de origen. Así, la mayoría de enfermeros del Sistema Nacional de Salud británico son españoles y polacos porque en España y Polonia hay pocas oportunidades. Lógico, ¿verdad? Detrás de esta frase se encuentra una puerta que siempre ha costado abrir: la precarización y el aprovechamiento. 

En esta ocasión, los ricos vuelven a aprovecharse de los más pobres. Los países del centro y el norte de Europa reciben trabajadores cualificados cuya formación no les ha costado nada. A cambio les ofrecen condiciones de trabajo cuanto menos cuestionables. 

El 70% de los jóvenes europeos tienen contratos temporales o por obra y servicio. Además, los salarios entre los jóvenes son marcadamente inferiores a los sueldos de la población más envejecida. Lo que toda la vida ocurrió con los temporeros en los países del sur de Europa ocurre ahora con los trabajadores cualificados en el eje centro/norte-sur/este.

Pero esta explotación va más allá de unas condiciones laborales cuestionables. La falta de estabilidad laboral afecta directamente a otros asuntos tan importantes como la natalidad, la salud mental de nuestros jóvenes y el bienestar de nuestros mayores (a menos trabajadores, menos contribuyentes que mantengan el sistema de pensiones). Por no hablar de los casos de racismo que han nacido al abrigo de estas migraciones internas de trabajadores por Europa. 

Este problema de la precarización nos lleva a un punto complejo y que causa dilemas ideológicos a todos los teóricos.

La sobrecualificación

Aproximadamente el 40% de los jóvenes europeos tiene un título universitario. El dato asciende si aumentamos la edad hasta los 40 años. Podemos decir sin miedo a equivocarnos que prácticamente la mitad de los europeos en edad de trabajar tiene un título universitario. A priori este dato es una ventaja competitiva: países como Corea del Sur tienen una cantidad similar de titulados y solo un 3% de paro. ¿Cuál es entonces la diferencia? La modernización de los empleos.

Sabemos que nos movemos a un mundo en el que la tecnología será cada vez más capaz de suplir a los empleados humanos. Sin embargo, Europa sigue ligada a un modelo educativo y productivo más propio de los años 80 del siglo pasado que del siglo XXI. Los empleos rurales e industriales son cada vez más denostados y la mayoría de personas se forman en especialidades del tercer sector. ¿Es esto un error? Sí. 

Cada año miles de estudiantes de Derecho se licencian y acaban ocupando plazas de administrativos en instituciones públicas de toda Europa. El fallo es doble: las capacidades reales y la formación de esas personas quedan ignoradas en pos de un empleo y ese empleo se convierte en una plaza sobrecalificada. 

Este problema, con el paso del tiempo, se suma a otro inconveniente, uno de los más complicados de solventar y que afecta directamente a la vida de cientos de ciudadanos europeos. 

Fuente: El Orden Mundial en el Siglo XXI.

Un sistema social fallido

Los mayores no se jubilan en Europa. Es una tónica cada vez más común ver a personas de más de 65 años trabajando de forma normal. No solo cada vez se pretende estirar más la edad de jubilación (algo incomprensible en todos los aspectos): también son cada vez más las personas que se resisten a retirarse porque su capacidad económica quedará muy mermada o será casi inexistente una vez que dejen de trabajar. 

Esto se traduce en una auténtica falta de oportunidades para los jóvenes, que ven cómo cada vez es más complicado acceder a puestos de trabajo que se adecúen a sus características.

Conclusiones

En definitiva, y como punto final a este artículo, es interesante aclarar que la unificación de mercados laborales de la Unión Europea es una idea mal ejecutada en lo que a los jóvenes respecta, pero es también la base para construir un nuevo paradigma. Nuestras instituciones supranacionales están ancladas en un pasado cada vez más lejano y la realidad de la población, especialmente joven, es otra. 


¿Se puede solventar? Por supuesto, cada vez los jóvenes se muestran más críticos (aunque también más desarraigados) con la realidad europea. Crisis como la que nos ha generado la pandemia mundial suponen una oportunidad para cambiar el modelo en el que nos basamos. Tenemos que seguir trabajando en educar a nuestros jóvenes de forma crítica para construir una Europa más inclusiva, fácil y amable para todos nosotros.

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