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Pulsiones

© Héctor Vila Rodríguez
Pablo Cerezo Alpresa

En España hay pulsiones latentes. Lleva tiempo siendo así, las últimas semanas no han hecho más que intensificarlas. Se nota en el ambiente, en eso que creemos intuir pero que tan difícil es darle forma, nombrarlo. Estamos todos cansados; «fatiga pandémica» lo llaman los expertos, pero hay algo más.

En la teoría psicoanalítica, las pulsiones son un tipo de energía que produce tensiones y que, por tanto, necesitan ser descargada. Hay pulsiones latentes en España. Cada vez es más fácil percibirlas, aunque no sabemos que forma pueden llegar a tomar una vez que sean liberadas. El ambiente está tenso; calma antes de la tormenta.

Emanan en su mayoría de la gente joven. Así lo recoge el último estudio del CSIC, que señala como las personas de entre 18 y 24 años son, con diferencia, las más propensas a describir su estado de ánimo como “malo o muy malo”. El último CIS sobre salud mental ahonda en lo mismo: los ataques de ansiedad han aumentado con la pandemia, especialmente, entre la gente joven. Razones no faltan, las pulsiones siempre obedecen a algo.

En este caso, los motivos son de sobra conocidos. Estamos hablando de una generación que ha crecido en una crisis constante, cuya normalidad ha sido siempre sinónimo de incertidumbre. Los índices de paro juvenil han superado ya el 40% y el empleo restante es precario. La emancipación se dibuja como un horizonte difuso al alcance de unos pocos, al igual que formar una familia (no en balde, la natalidad se encuentra también en unos índices preocupantemente bajos). El sentimiento de agravio está justificado. Hasta aquí nada nuevo. Comentábamos que las pulsiones son fáciles de percibir, lo difícil es saber que forma tomarán cuando se liberen.

Algunas, por ejemplo, pueden tomar cuerpo bajo la forma de las llamas. Lo apuntaban los propios manifestantes; las protestas por la libertad de Pablo Hasel van más allá de la defensa de la libertad de expresión. Se enmarcan junto a otras como la de Linares y Jaén unos días antes. La primera, por los abusos policiales; la segunda, por el abandono de los poderes públicos a la España Vaciada. Sin embargo, todas beben del mismo malestar. La conexión es muy estrecha. 

Pero las pulsiones no se encarnan solo en protestas. Hay desazón también en la pasividad de ciertos jóvenes y en los botellones en verano. Ante una sociedad que les niega el futuro, no es descabellado pensar que una parte de la juventud (afortunadamente minoritaria, por mucho que los medios disfruten exagerándola) acabe abrazando un hedonismo nihilista. Un disfrute inane de un presente precario, que sin embargo actúa como asidero ante las escasas perspectivas de futuro.

Un apunte a ese respecto. Según el último CIS, el “apoyo incondicional a la democracia” ha bajado en los jóvenes 11 puntos en lo que llevamos de pandemia. Lo llamativo es que esos jóvenes no se han vuelto más autoritarios, sino que simplemente rechazan la política. Sienten que es algo que no va con ellos. Aunque más sutiles, estas pulsiones son también peligrosas.

Por último, las hay que toman forma en vídeos virales. La joven Tatiana Ballesteros, en apenas dos minutos, dirigió la semana pasada un mensaje de claro corte populista y reaccionario contra “los políticos”. El vídeo abunda en falacias y tiene una clara impronta autoritaria, lo cual no impidió que se compartiera en redes a una velocidad vertiginosa. Lo hizo, entre otras cosas, porque conectó con las pulsiones latentes que venimos comentando; con una generación que siente que la política le ha dado la espalda y que las instituciones gobiernan para otros. Un sector desencantado para el que “todos los políticos son iguales” resuena con contundencia.

Tras las manifestaciones de la semana pasada, distintos analistas comenzaron a preguntarse si estábamos a las puertas de un nuevo 15M. Muchos trazaron paralelismos: la juventud en las calles o el discurso impugnatorio contra la “clase política”. Sin embargo, si bien el primer ciclo de movilizaciones fue de marcado corte progresista, nadie puede asegurarnos que en la actualidad la sensación de agravio no se pudiera vehicular esta vez en una dirección reaccionaria.

En 2011, un grupo de jóvenes se unió bajo el lema «Sin casa, sin curro, sin pensión. Juventud sin miedo». Las pulsiones de una época, que siguen siendo, a pesar de los cambios, las mismas que las nuestras. Aquella juventud precaria que salió a la calle para denunciar los recortes, el paro y la precariedad acabó siendo el germen del movimiento 15M.

Veremos si ahora las pulsiones se encauzan en un movimiento en defensa de la democracia radical, que pugne el sistema para reclamar más justicia o si, por el contrario, toman tintes reaccionarios y suponen una involución en libertades y seguridad. También podrían acabar de anclar a una buena parte de la sociedad en la resignación, desvinculándola de cualquier movimiento político. Ahora mismo, las tres opciones están sobre el tablero.

La partida será difícil; el malestar no ha hecho más que empezar a tomar forma. Aun es pronto, pero si algo nos han demostrado estos años es que nos encontramos en una fase de la historia hiperventilada y convulsa. Habrá que estar atentos.

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