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COVID-19 Política Temas sociales

Repensando las ciudades en tiempos de pandemia (II)

El retorno del afecto

Pablo Cerezo Alpresa y Marta Rodríguez Casanueva

15 de Junio, 2020

Si en el primer artículo de esta serie analizábamos cómo la crisis del coronavirus había agudizado muchas de las contradicciones que ya existían bajo la ciudad capitalista, en este trataremos de dar alguna explicación sobre el origen de estos problemas. 

Las imágenes de las grandes avenidas desiertas se han repetido de manera constante en los telediarios. Resultaba extraño ver las principales arterias de nuestras ciudades vacías a plena luz del día. Por ello, no han sido pocas las voces que han lamentado que la ciudad con la que se encontraron en la desescalada no fuera la misma que esperaban desde sus casas. Pero, para explicar esta desilusión vamos a tener que alejarnos de los centros urbanos, para fijarnos en calles que sí estamos más acostumbrados a ver vacías, las de los PAUs.

Los PAUs o Programas de Actuación Urbanística fue el modelo de ampliación urbana que se dio en las ciudades españolas a partir de los años 80. Aunque en un primer momento se concibieron como una democratización de los espacios urbanos, capaces de dotar de vida autónoma a dichos barrios, terminaron por producir una relación con la ciudad bastante diferente a la que los motivó.  

Estos nuevos anexos de la ciudad, a caballo entre el barrio y la ciudad dormitorio, generaron una relación con lo público muy concreta. Organizados en grandes urbanizaciones de modernos edificios y volcados herméticamente hacia el interior; este modelo de ciudades convierte el exterior y lo público en austero y poco agradable. En los PAUs no hay plazas, y apenas parques, y las calzadas están desiertas y con poca sombra, pues las calles están pensadas exclusivamente para los vehículos. Así, esta ordenación del espacio hace que la vida se desarrolle única y exclusivamente en el interior de los hogares, puesto que no hay espacios públicos que den pie al encuentro con el ‘otro’. 

De la dualidad entre nuestras casas y nuestras calles bebe, en gran medida, nuestra relación con la política, con lo público y con sus instituciones. Es por ello por lo que los PAUs son una de las victorias culturales más importantes del neoliberalismo español, ya que han construido barrios completos de individuos aislados que valoran más sus viviendas privadas que la vida compartida en comunidad y que aprecian menos lo público porque no tienen contacto con ello. No es coincidencia, por tanto, que en los PAUs el voto a la derecha sea mucho más elevado que en otros barrios.

En esta misma línea habla el arquitecto y urbanista Aldo Rossi del “locus”, que simboliza la acción de insertarse o colocarse en una realidad previa, en este caso en una ciudad preexistente. El “locus” representa la capacidad de apropiarse o interactuar con el lugar como una “acción espontánea” que depende, por tanto, de la existencia de una comunidad. Supone entonces una necesidad política de ocupar el espacio que nos es más cercano convirtiendo el exterior en un hecho cotidiano y propio. 

Es por ello que los PAUs son un fracaso en la generación de tejido social, porque se piensan y se construyen en la gran escala, desde lejanos despachos, como suma de elementos aislados, asépticos, organizados y rentables, relegando la pequeña escala de las plazas, los parques y las calles a lo accesorio. Este pensamiento racional y funcionalista del urbanismo despoja a las ciudades de sus lugares de encuentro y referencias de cotidianidad, volviéndolas impersonales y distantes.

Asimismo, son un claro ejemplo de cómo, al construir una ciudad en base a una política meramente económica, se erradica casi al completo la capacidad de apropiación. Justamente porque se ha alejado a la ciudad de todos sus procesos innatos de crecimiento y desarrollo, nos encontramos con un espacio público infravalorado y ausente de elementos o hechos urbanos que deja a la ciudad sin oportunidad para el “locus”.

Sin embargo, lo que en un primer momento parecía sintomático únicamente de estas nuevas construcciones, se está extendiendo también a los centros urbanos, dando pie a ciudades que recortan sistemáticamente sus espacios públicos y que conciben a sus habitantes como consumidores más que como ciudadanos.

Las sociedades de mercado se caracterizan, entre otras cosas, por la necesidad de mercantilizar todos los aspectos de nuestra vida y expandirse hasta límites insospechados. Lo mismo sucede en las ciudades, donde el beneficio económico se ha vuelto el principio ordenador del urbanismo. La mentalidad neoliberal hace que se conciba todo como un mercado a explotar y por tanto se equipare utilidad a beneficio, lo cual niega la existencia a todo aquello que, aunque pueda ser fundamental para la vida social, no aporte beneficio a las arcas privadas. En otras palabras, el neoliberalismo ha construido ciudades que premiaban los parkings sobre los huertos urbanos y los centros comerciales sobre centros culturales. 

En esa línea hay mucho que aprender de la pandemia. La crisis sanitaria nos ha mostrado que la rentabilidad económica no puede ser el único criterio que designe nuestra relación con la vida. Por ello hay que recoger ese clamor que resonaba desde los balcones en defensa de la sanidad pública para ampliarlo, y exigir sociedades que no se rijan exclusivamente por el beneficio económico; ciudades construidas para el encuentro de sus habitantes más allá de las dinámicas del mercado.  

El afecto juega un papel vital en la vida social de los países del sur de Europa. No es ninguna revelación que en España se abraza más que en Finlandia y por ello era de esperar que uno de los reclamos más reiterados durante la pandemia fuese el de volver a abrazar a los seres queridos. El contacto físico deberá esperar todavía unos meses. Lo cual, aunque se nos pueda hacer muy largo a muchos, nos da todavía la oportunidad de repensar el cómo se materializan esos afectos que tanto tiempo llevamos ya guardando. Del resultado de esa batalla política puede salir una sociedad más solidaria y con mayor responsabilidad colectiva, que participe y se apoye en el nuevo tejido social o podemos volver a la vieja normalidad de individuos aislados con vidas competitivas y precarias. 

Por ahora, la vuelta a la socialización se ha retomado principalmente a través del consumo. La imagen de Begoña Villacís inaugurando la fase 1 cortando la cinta de un bar o el gobierno central permitiendo antes la reunión en bares que de picnic en el parque son paradigmáticos de estas dinámicas. Sin embargo, lo problemático y lo que aquí nos ocupa no es tanto la relación de consumo con el ocio, sino una política urbanística que, buscando fomentar el consumo a toda costa acaba construyendo ciudades hostiles. 

Todos hemos disfrutado las terrazas con los amigos en esta desescalada, sin embargo, reclamamos también otras formas de hacer comunidad más allá de los espacios privados. Hay mucho que luchar todavía para que la nueva normalidad se base en ciudades construidas en torno a sus ciudadanos y no a sus consumidores. El próximo artículo, que concluirá esta breve serie, sugerirá algunas propuestas que creemos pueden contribuir a este fin. 

*Las referencias bibliográficas fundamentales de las que se han servido los autores son:

Rossi, A. (1986) La arquitectura de la ciudad. Barcelona: Editorial GG.

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