RealPolitik

Tu política internacional

  • Español
  • Polski
  • English
  • Español
  • Polski
  • English
COVID-19 Economía Política Temas sociales Trending

Ser mujer en tiempos de pandemia. Cosas de Beauvoir.

Nerea Domínguez Sanisidro

9 de Junio 2020.

El origen del reparto sexual del trabajo se remonta a los tiempos de la sociedad primitiva. Si bien la aparición de la agricultura comienza a definir los espacios del trabajo, el pastoreo pasa a definir el valor de esos espacios de trabajo.

La relegación de la mujer a la denominada esfera privada (doméstica), parte de su capacidad reproductiva. Con los primeros asentamientos, en los que el campo constituye no solo una fuente de riqueza, sino el motor de la superviviencia, las mujeres eran protagonistas tanto de la reproducción como de la producción. Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado habla incluso de un estadio societario de carácter matriarcal. La importancia de este último apunte radica en la naturaleza cultural e histórica de la subordinación de la mujer al hombre.

Ahora bien, ¿cuál es el cambio cualitativo del paso al pastoreo y la redefinición del valor del trabajo? Simone de Beauvoir relata cómo, al igual que los cuidados de los infantes, el cuidado de los animales pasan a constituirse como una labor femenina. Los hombres, actores principales del pastoreo y de la caza de estos animales, son ahora los principales agentes productivos. Los roles de hombres y mujeres se redefinen: mientras los primeros pasan a primer plano, las segundas conocen las primeras formas de sumisión patriarcal.

Es a partir de este momento cuando la esfera doméstica se constituye como un espacio ligado a la maternidad y la esfera productiva (pública) como un espacio ligado a la virilidad. Mientras que esta última será considerada históricamente como una fuente de desarrollo social y progreso, la mujer, en su labor reproductiva, no será más que reconocida como un elemento en contraposición al hombre; lo que Beauvoir denominaba, alteridad.

La Revolución Industrial será el punto de inflexión en la definición de los espacios de trabajo y su carácter jerárquico. Con la misma velocidad que la especialización laboral consolidaba estas diferencias, la ciencia -dominada por varones aún a día de hoy- se convertía en la productora de relatos explicativos que justificaban el reparto sexual del trabajo como un elemento inherente a la naturaleza humana y a la condición de inferioridad de las mujeres.

La maternidad pasa a definir a la mujer. Aquella que no mostrara y ejecutara el deseo de la reproducción, no era mujer. Ya en 1912, Helene Stöcker afirmaba que la maternidad contiene las raíces más profundas del esclavismo, pero ¿qué significa maternidad en tiempos de pandemia y confinamiento?

La pervivencia del reparto sexual del trabajo es evidente; en la última Encuesta de Empleo del Tiempo (2009-2010) que figura en las bases de datos del INE, la dedicación al hogar y a la familia de las mujeres dobla, en tiempo, a la de los hombres (más de 4 horas al día en contraposición a dos, respectivamente). Si bien es cierto que se trata de una encuesta lejana, también es cierto que la equitatividad del reparto de tareas desde la oleada de 2002-2003, apenas ha mejorado en 20 minutos al día.

Tras decretar el Estado de Alarma como consecuencia de la pandemia de la Covid-19 y el cierre de colegios, el peso de la crianza pasa a recaer directamente en la familia que, esta vez, por el riesgo que supone no puede delegar en los abuelos. Al mismo tiempo, la actividad laboral pasa a desplazarse a los hogares ante la amenaza de una nueva crisis económica, consecuencia de la paralización productiva.

Esfera pública y privada se entremezclan súbitamente y sin tiempo para buscar una alternativa. El contexto es desolador y se desarrolla en un clima de crispación. El teletrabajo es la alternativa a la realidad exterior y la única forma de evitar el colapso de un sistema económico que apenas se había recuperado de la crisis anterior. Comienzan a escucharse discursos de la capacidad emancipadora y conciliadora de esta nueva modalidad laboral sin miradas desde una perspectiva de género que permita profundizar en las nuevas dinámicas que se desarrollarán en el interior de los hogares.

El teletrabajo, lejos de facilitar la conciliación laboral y familiar de las familias y, en concreto de las mujeres, otorga una falsa sensación de libertad, caracterizada por la autogestión del tiempo que se dedica al trabajo. La realidad, sin embargo, es que la disponibilidad pasa a ocupar las 24 horas del día, los siete días a la semana, en un contexto de jornadas laborales con inicios y finales abiertos. No se niega aquí, que, en condiciones normales y con una regulación y seguimiento del teletrabajo, pueda lograrse ese carácter emancipador que en él se busca. Sin embargo, desde luego no en tiempos de pandemia.

Laura Paris, de la Universidad Abierta Interamericana, reporta la necesidad de un período necesario de adaptación, tanto para los trabajadores como para las personas con que conviven. Evidentemente, este no ha sido el caso durante esta crisis: la productividad no solo tenía que matenerse, sino incluso incrementarse como resultado de las adaptaciones forzosas que la Covid-19 ha exigido. Además, Paris, afirma que tras ese shock inicial, si bien los hombres se ven capacitados para afrontar la nueva modalidad de trabajo, en el caso de las mujeres, esta posibilidad está determinada determinada en buena medida por la edad de sus hijos y el trabajo de su pareja.

Reparto sexual del trabajo y desplazamiento de la producción a la esfera privada, constituyen los ingredientes del coctel molotov que está mermando la participación laboral de las mujeres en esta pandemia. Ingredientes que, de pasar a constituir la norma, en un contexto de desequilibrio evidente en el reparto de tareas domésticas, no contribuirá a más que a reproducir las consecuencias de la Revolución Industrial.

Repensar la esfera privada para evitar la feminización de la pobreza es un imperativo. Más allá de las consecuencias psicológicas que subsiguen al estrés laboral, el teletrabajo aboca a la interrupción de las carreras laborales de las mujeres. Permitir la vuelta a un modelo de varón sustentador, en que la autonomía e independencia de la mujer se ve menoscabada por la dependencia económica, es dar un paso atrás de 60 años. Se requiere de una profunda revisión del teletrabajo como modelo productivo desde una perspectiva de género.

DEJA UNA RESPUESTA

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *