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Vísteme despacio, que tengo prisa: transición ecológica, transición social

Silvana Briones– redactora invitada

Es un martes por la mañana cualquiera. Entre el tráfico agitado y una sinfonía de cláxones impacientes, en medio del frenético paisaje matutino de Madrid, pienso en este nuestro ecosistema urbano, en el que predomina una única especie. Los colosales edificios que enmarcan nuestras ciudades se han convertido en fronteras, pienso, dentro de las cuales un antropocentrismo atroz lo rige todo.

Presos de nuestros intereses, insaciables, nos hemos embarcado en un viaje de difícil, aunque no imposible, retorno. Desde hace más de lo que nos gustaría admitir, nuestro estilo de vida se sustenta en lo insostenible y todo tiene fecha de caducidad, incluso los recursos de los que nos servimos para tirar del carro hacia ninguna parte.

Así es: pese a conocer el impacto que tienen los combustibles fósiles para el planeta por la producción de gases de efecto invernadero y emisiones contaminantes que conllevan, seguimos dependiendo de ellos. De hecho, según datos recientes de Eurostat, los combustibles fósiles representan el 71% de la energía bruta disponible en la Unión Europea.

Con los termómetros empezando a mostrar sus temperaturas al alza y una cantidad de evidencia científica demasiado grande como para ser ignorada, la alarma, que a punto estaba de ahogar un último grito desesperado después de años y años sonando, fue escuchada en las esferas políticas. Así, se firmaron compromisos internacionales como el Protocolo de Kioto y se acordaron políticas supranacionales europeas que comprometen a los países a la transición hacia modelos más sostenibles.

Manifestación a favor del protocolo de Kioto
Manifestación a favor del protocolo de Kioto. Getty Imágenes.

Pero antes de hablar sobre cómo entre protocolos, acuerdos y cumbres todo se diluye y ninguna expectativa se cumple, hablaremos un poco más sobre transiciones energéticas verdes.

Según datos del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, la generación de energía es la segunda área que más emisiones produce, únicamente por detrás del transporte. Estos procesos son en gran parte dependientes de la utilización de recursos limitados como los combustibles fósiles, que se encuentran en cantidades cada vez menores. Así, corremos el riesgo de entrar en una crisis energética.

No obstante, frente al «usar y tirar» al que estamos acostumbrados, existen alternativas: las energías renovables. Éstas se basan en la utilización de recursos naturales, capaces de renovarse ilimitadamente, sin emisiones contaminantes. Más allá de ser respetuosas con el medio ambiente, son accesibles y autóctonas, posibilitando una transición hacia el abastecimiento local que aliviaría, a su vez, las tensiones internacionales asociadas a importaciones-exportaciones energéticas.

Para que nos hagamos una idea, España cuenta con una tasa de dependencia energética del 73%, que se debe principalmente a la necesidad de importar combustibles fósiles de otros países, dado que no contamos con producción nacional de los mismos.

Ya sea por esto mismo o motivado por otros intereses, muchos estados han decidido ponerse el pin verde y los llamamientos a apostar por las energías renovables han protagonizado el escenario político durante los últimos años. Volviendo al caso de España, el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) enuncia que «la generación eléctrica renovable en el año 2030 será el 74% del total, coherente con una trayectoria hacia un sector eléctrico 100% renovable en 2050». Como respuesta, una avalancha de propuestas de nuevas instalaciones de energía renovable ha inundado las administraciones responsables.

La transición ecológica no se puede entender sin transición social

Ahora bien, ¿es esto lo máximo a lo que podemos aspirar? ¿A que rompiendo nuestros paisajes ya no haya humos sino miles de molinos? Si solo nos focalizamos en la reducción de emisiones, quizás olvidemos las relaciones sociales en las que se sustentan y un nuevo capitalismo verde podría disfrazarse de transición ecológica.

Por ejemplificar esto, si se construyen instalaciones masivas de energía renovable en áreas poco productivas de llanura, idóneas debido a sus niveles de radiación solar e intensidad del viento, se destruirá el ecosistema de grandes comunidades de aves esteparias, poblaciones de referencia a nivel europeo y mundial. Si por cada megavatio fotovoltaico instalado deben ocuparse, como mínimo, dos hectáreas, se transformará el territorio brusca e injustificadamente.

Todo esto nos lleva al punto de partida: nos hemos aislado tanto que, pasada la frontera, en el interior de nuestra fortaleza, no nos importa demasiado lo que pase fuera siempre y cuando, aquí dentro, todo siga funcionando con normalidad. Antes de construir un nuevo carro del que tirar, quizás deberíamos replantearnos hacia dónde queremos ir. Y quién se viene con nosotros.

La transición hacia energías renovables debe tener lugar cuanto antes y puede ser un factor clave para acabar con otras desigualdades más allá del problema ambiental. Por eso, tiene que ir acompañada de una transición social. Tenemos que hacerlo local, tenemos que hacerlo teniendo en cuenta a todas las especies que coexisten con nosotros, y tenemos que hacerlo con cuidado y con cuidados para no caer en viejos errores. Porque, aunque el tiempo apremia, y de qué manera, es preciso hacer caso al viejo refrán: «vísteme despacio, que tengo prisa».

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